La noche se hace mas larga de lo habitual. Las pocas horas de sueño se ven interrumpidas por el sonido ensordecedor de los despertadores. Ya es la hora..., ducha, vestirse a prisa, desayunar, revisar las maletas y hacia la estación. Son las seis de la madrugada y antes de que el día haga su aparición, el autobús inicia el largo viaje con su medio centenar de personas y con otras tantas ilusiones por alcanzar, lo antes posible, el destino final.
Algo más de cuatrocientos kilómetros y unas cinco horas separan a los fieles seguidores del santuario mariano. Todos los años cumplen con la tradición, llevando en sus corazones las peticiones y deseos de salud, paz y felicidad para todos los que se quedan, para los creyentes, los incrédulos y para los agnósticos. Todos estarán presentes en sus oraciones y plegarias frente al santuario de la Virgen.
El trayecto comienza a hacerse interminable y el cansancio se vislumbra en los rostros de los excursionistas. La parada obligada, en un área de descanso, llega por fin. No están solos, varios autobuses ya esperan a otros fieles que apuran el primer café para continuar camino. Queda la mitad del recorrido para llegar al ecuador del país vecino, mas o menos a la altura de la provincia de Cáceres. De nuevo dentro del autobús, comienzan los cánticos, alabanzas y oraciones por la Virgen. Los rezos son constantes y evidencian la proximidad del fin del viaje.
Poco después del mediodía llegan a su destino. Bolsos y maletas comienzan a desfilar hacia los apartamentos que los alojarán por unos cuantos días. Algunos fieles ponen pie en tierra agradeciendo el poder estar, un año mas, en este pequeño pueblo portugués, donde la Virgen de Fátima acoge a millones de creyentes de todo el mundo, que la visitan en busca de consuelo, agradecimiento, penitencia o simplemente por pura y simple curiosidad.
Cierto es que la fe mueve montañas, prueba de ello son los centenares de casos de individuos que al llegar al santuario les cambia la vida, al superar una enfermedad, al ser mejores personas y más solidarias o simplemente el vivir, a partir de ese momento, una existencia más espiritual y comprometida con los demás semejantes. Desde luego vale la pena una visita al santuario mariano de Fátima para cualquier persona, sea o no creyente. La paz y la tranquilidad que se respira en ese lugar merece ser experimentada por todos. |