|  | | | | | El actor argentino Federico Luppi, fotografiado junto a la estatua de Valle-Inclán en la Alameda Compostelana. OTTO/AGN | | | |
Federico Luppi (Buenos Aires, 1935) lleva desde febrero encarnando a Pavel Filipovich, el guía del museo Hermitage que continuaba ofreciendo visitas a cuadros que ya no estaban, tras ser enviados a los Urales por el gobierno soviético ante el ataque de los nazis.
Aunque asegura deshacerse de sus personajes una vez que desciende del escenario, sí que se reconoce en Luppi al idealista Pavel o al Martín Echenique que rehuye de una Argentina que lo decepciona.
Ahora llega a Santiago, tras saltar obstáculos derivados de la huelga de transporte, para representar este fin de semana en el Teatro Principal este 'El guía del Hermitage', acompañado de su mujer, la actriz Ana Labordeta y del actor Manuel Callau. Hoy presenta la Mostra de Cinema e Sociedade de Narón como presidente de honor, después de entablar amistad con gente de Ferrol, donde estuvo rodando junto a Paco Rabal durante más de un mes.
Pregunta.-Se dice que los gallegos van poco al teatro, ¿su experiencia confirma este dato?
Respuesta.-¿Eso se dice? Lo ignoraba. Curioso, porque estando en Galicia siempre he descubierto dos cosas importantes: primero, que de toda España, el gallego es el que más escucha, presta la oreja rápidamente. Y después he descubierto en general muy buenos poetas, populares, de ediciones modestas, pero poetas muy buenos. E imaginaba que de esa especie de cuenco cultural habría también una inclinación por el teatro.
P.-¿Qué tiene en común con su personaje, Pavel Filipovich?
R.-En principio la edad. Pavel insiste en que la imaginación, en época de absoluta depresión moral y espiritual, es tan poderoso o más que las armas o que las victorias económicas, y apela siempre a una suerte de búsqueda interior, de armonía, y de capacidad imaginativa para superar los momentos más terribles del espíritu. Apela a un viejo paradigma humano, que es que no existe ninguna actividad que pueda ser emprendida si no existe antes la convención y la convicción de lo posible: el poder soñar algo para proyectarlo es tan importante como los medios.
La obra apela a esa resistencia a partir del espíritu contra un adversario que en ese momento aparecía como invencible, que eran los nazis. Lo bueno de la obra a mi juicio es que sin caer en una dialéctica mensajera, panfletaria, que yo odio en el teatro y en el cine, sí aparece una revalorización constante y permanente de que aun en la soledad, el espíritu sigue siendo una gran herramienta constructiva.
P.-Es algo que comparten...
R.-Absolutamente, sobre todo porque en estos momentos del mundo tan mortalmente lesivo, tan invasivo, tan intrusivo, tan cruel, con todo esto que vemos, Irak, Guantánamo, esta huelga salvaje, las patronales que ahora utilizan convenciones obreras como hacer piquetes y quemar camiones... sigue existiendo como premisa fundamental y única, por encima de toda ideología, o por debajo de ella, lo que llamaríamos el sentido común. Yo creo en eso.
P.-¿Y qué tal se lleva una gira teatral después de los 70 años?
R.-Esta es una gira muy intensa y extensa, vamos a hacer, cuando terminemos en Huelva, 55 ciudades, y es evidente que una gira sigue siendo un desafío físico, más que intelectual o algo estético o artístico. Somos los tenistas del espectáculo. Pero lo que tiene de bueno el público de provincia es que está menos contaminado, hay una entrega más afectiva, es menos prejuicioso, los teatros son notables, no sólo desde el punto de vista técnico, sino que han sido reciclados, y hay una capacidad de captación de lugar físico del teatro, que es maravilloso.
P.-¿Sus próximos proyectos se centran más en el teatro o en el cine?
R.-El actor vive de proyectos. Algunos se hacen, otros no. Ahora tengo que ir a México por un filme, una producción mexicano-española, y luego me iría a Buenos Aires porque hay una película que tengo que hacer con un director al que estimo que es muy joven y que tiene talento y después me gustaría intentar una obra de teatro, darle un poco de manija a ver qué pasa. Esto terminaría en 2008, y en 2009, como diría Hernández: "Dios dirá, que siempre está callado".
P.-¿Y qué le mueve a seguir haciendo teatro?
R.-Lo que a uno le gustaría encontrarse siempre como lector, incluso de los periódicos, que existiese un cierto criterio no prejuicioso sobre el ser humano, una obra que no exalte ningún tipo de ideología fascistoide, y que además sea capaz de entretener al espectador con buenas artes, no ocultando la verdad del mundo ni creando los paradigmas típicos del mundo rosa. Fundamentalmente que tenga personajes creíbles, veraces, que sea capaz de que el espectador esté ahí sus casi dos horas entretenido viendo qué pasa con este mundo interior que todos tenemos.
P.-Lleva unos años establecido en Madrid, ¿ve posible su regreso a Argentina?
R.-Los posibles siempre los dictamina el mundo del afecto, pero yo vine de una cosa muy dura, muy terrible, muy fea en Argentina que fue la incautación de todos los ahorros del pueblo argentino. Me pareció una de las expresiones más perversas del mundo capitalista. Lo pasé muy mal, vine aquí, reestablecí una mínima base económica pequeño-burguesa, para poder pagar las facturas a final de mes, y ahora no tengo ninguna posibilidad inmediata de inventarme un regreso. Cada vez que voy a Argentina, que voy por razones de trabajo, en 20 días uno ya está extrañando Madrid. No sé si volveré algún día, eso no lo puedo fijar ahora, pero prefiero estar como viajero, que va y que viene.
P.-¿Y cómo ve la situación actual de su país?
R.-Hemos salido de un problema gravísimo que es la deuda externa dejada por la dictadura militar, que fue una época de destrozo absoluto. Políticamente hicieron cosas interesantes, se quitaron de la deuda, hubo una ruptura de negociaciones con esa cueva de ladrones que es el Fondo Monetario Internacional, un 'parate' en las pretensiones hegemónicas de los Estados Unidos, pero le ha salido ahora un frente interno muy duro que es la rebelión de los terratenientes, que como ocurre siempre en la Historia, no quieren pagar impuestos, no quieren intervenir en la distribución más o menos equitativa de la renta nacional. Ése el problema más serio que tienen ahora. Hacen lo que aquí. Es la presencia permanente de la vieja eterna derecha, superreacionaria, que además será siempre el eterno enemigo del país. Antes golpeaban la puerta de los cuarteles y les defendían las castañas calientes, como ahora eso no ocurre, tienen que labrarse sus propias herramientas de conflicto. Yo abrigo la esperanza de que aunque no sea de manera inmediata se desprestigien totalmente de modo que no molesten más en política.
P.-Dirigió una película sobre la Transición española, ¿piensa hacer lo mismo con algún capítulo reciente de la Historia argentina?
R.-Tengo una ambición que no he arreado todavía, pero la película no me fue bien, me pegaron como si fuera en una guerra... Pero si filmo en España, filmo cosas españolas, me he integrado mucho en el país, tengo mis querencias y mis odios, mi partido político, mi equipo de fútbol... tengo todos los defectos ya de alguien establecido aquí.
P.-¿Cómo ve la emergencia audiovisual que se está produciendo en Galicia?
R.-Hace mucho tiempo, los medios y algunos sectores muy interesados bombardean constantemente al cine español: es un cine de poca altura, que no consigue llevar a la gente a las salas, que es un cine adocenado, que no emerge... ¡Bah! Creo que tiene que ver con los intereses negativos donde la cultura es siempre el pariente pobre. No es verdad partiendo de cuatro datos elementales: los mejores actores de España están incursionando en la meca del negocio fílmico, en Hollywood, son actores que salieron de películas españolas, no salieron de Finlandia. Ergo el cine español tiene un peso nominativo en el mundo. Y después hay un muy buena cantidad de documentalistas de enorme prestigio, que son realmente buenos, y de esa gente los críticos no hablan. Al audiovisual le pasa como al cine, es un enfermo que está en permanente estado de crisis, pero que nunca se muere. No creo que haya dificultades, porque la gente va a ir siempre al cine, o va a haber la televisión. Y la gente joven tiene hoy más entusiasmo por el cine, hay más posibilidades técnicas y económicas de poder hacer cine.
P.-¿En qué momento decidió dedicarse a la actuación?
R.-Forma parte de la novela personal. Estaba en la ciudad de La Plata, una ciudad universitaria de Argentina, estudiando Bellas Artes, porque quería llegar a ser un gran historietista o un gran dibujante de cómic. Ahí conocí a una compañera, que me habló de gente que hacía teatro, y me animó a ir a ver un ensayo. Finalmente fui y empecé a notar algo extraño en ese juego medio misterioso entre adultos que estaban allí medio sudorosos esperando a entrar en escena, nerviosos, y yo me preguntaba "¿por qué tanto apuro?". Me fui quedando, empecé a leer, comencé a trabajar con ellos, y creo que se cumplió aquella vieja maldición gitana que dice que quien pisa algún día las tablas jamás las deja. Debe ser cierto. No fue una elección basada en una profunda e inequívoca vocación, la casualidad jugó su gran baza, y después había algo en mí que indicaba que era un lugar que podía ocupar.
P.-¿También se considera actor al bajarse del escenario?
R.-El actor es un oficio que te acompaña toda la vida, pero la actuación se termina cuando dejas la filmación o el teatro y hay que retomar las constantes de la vida cotidiana. La gente que dice que queda perturbado con una escena con el personaje, me parece un absoluto disparate, una mentira grande como una montaña, que forma parte de una estúpida mitología que recorre el oficio desde hace varios siglos. Cuando uno hace un drama y sale muy bien, aunque sufre y se mate en escena, está contento con lo que hizo. Hay que retomar rápidamente la normalidad cotidiana, que te alimenta, para seguir trabajando.
P.-¿Un trabajo como otro cualquiera?
R.-No, tiene sus reglas, sus cosas negativas y positivas, pero es un oficio que exige dos cosas fundamentales: primero, un cuidado fundamental del físico, no puede uno estar toda la noche, y después hay que tener cuidado con fabular fuera del escenario las cosas del personaje, eso es sólo de gente enferma. Hay que estar muy sano de la cabeza y muy entero del corazón. |